Simplemente no lo entiendo … y me alegro

Como bien pone en el título, hay algo que no entiendo y por más que intento ponerme en el lugar de la otra persona, es como si viniéramos de galaxias distintas y por ello el entendimiento ni siquiera se puede descodificar. Me refiero a la devolución de animales que hemos recibido a lo largo de los años y que ha hecho que, aparte de ponernos en una situación económica imposible, nos hayamos tenido que convertir en un Santuario pese a los más de 50.000 m. con los que contamos, y es que no cabe ni un alma más. (Bueno, rectifico… de almas estamos más llenos aún, porque todas siguen por aquí. A veces me parece olerlas, verlas y sentirlas. No quieren irse… y me parece bien). Casi todos los caballos que se encuentran en el Albergue están aquí por haber sido devueltos por parte de sus familias en acogida tras años de uso y disfrute. Obviamente, cuando nos los devuelven han envejecido y/o enfermado por lo que están tan mal que ya no salen más porque nadie los quiere. Esta semana, sin ir más lejos, nos devuelven una yegua después de 6 años, hace poco nos devolvieron un caballo y unas yeguas después de 7 años y para colmo una señora – que hacía ya 6 años que tenía uno de nuestros caballos en Francia – nos dice que no puede tenerlo más y que además no tiene dinero para devolverlo a España.
Y se quedan tan a gusto, oye.

Pocas cosas pueden ayudarme a pensar bien en estos casos. Hay una frase del Bhagavad Gita, considerado la “Biblia” más antigua del mundo que dice: “Entrégate a Mí y no mires los frutos”. Ésta es la única frase que me “ayuda” un poquito y no hace que termine de volverme loca del todo. Mi hermana y yo hacemos todo lo que podemos, con buena intención y poniendo el corazón y la vida en ello, pero a veces nos olvidamos que cada ser vivo tiene su destino y que no podemos cargar con todo el sufrimiento de todos aquéllos que entran en nuestras vidas.
Y cuando no se puede… no se puede.

También nos han devuelto una perrita, que además de tuerta está grave. De hecho, mientras escribo estas líneas, Fernando está operando intentando salvarle la vida. El caso es que nos la han devuelto porque se hace pis…
Luciano, nuestro responsable del Santuario está haciendo raíces cuadradas para ver cómo vamos a meter tanto caballo de golpe sin que se hagan daño unos a otros y yo, simplemente, no puedo entenderlo… por muchos textos en sánscrito que lea. A veces me pregunto: “¿Sería yo capaz de devolver un animal después no ya de 7 años sino de una semana por algún motivo?”. Me pongo mil y una situación y sus posibles arreglos y la respuesta es contundente: NO.
Pero la pregunta es, ¿por qué?

Y hay miles de contestaciones… las mismas que me dan a mí como excusa para devolverme a los animales. Pero hay una que los que devuelven no pueden darme y es: “Porque le quiero”. Ya está. Simple y llano. No necesita más explicación.

Recuerdo con cierta ternura que, hace ya muchas años, cuando yo tenía 16, iba paseando con mi caballo después de ganar un concurso nacional y noté que le fallaba un poco una mano. Me bajé y en mi inocencia adolescente le dije: „Tranquilo, camino a tu lado y damos la vuelta”. Me miró de una forma extraña y yo me reí. Estaba segura de que me había entendido y entonces le dije: “Sión, ahora tú me llevas sobre tu lomo pero llegará el día en que no puedas y entonces caminaré junto a ti. También llegará el día en que a lo mejor no puedas ni caminar, pero entonces yo estaré a tu lado cada día como ahora tomando el sol en cualquier prado en el que estemos. Y cuando llegue la hora, Dios no lo quiera, yo, caminaré por delante sólo un paso y te sujetaré entre mis brazos mientras te ahorro sufrimiento al ordenar al veterinario tu muerte”. Volvió a mirarme con la expresión cambiada y seguimos caminando hacia la cuadra.
Y así fue. Tal y como lo he descrito, pero treinta y dos años más tarde.

Durante 32 años me pasó de todo… como a todo el mundo. Hubo malos momentos, momentos peores y momentos terribles, pero ni por un solo instante pudo siquiera pasarme por la cabeza separarme de ninguno de mis animales a no ser que la muerte me los arrebatara. De la misma manera en que nada, excepto la muerte podría separarme de mi madre y mi hermana. No hay diferencia alguna. Una vez más, por el mismo motivo. Por que las quiero. Simple y llano otra vez.
Por eso, cuando me devuelven animales, no lo entiendo. Siempre hay una salida cuando se ama de verdad. Y al hecho de incrementar de repente unos gastos en las cuadras que, sin un milagro, seremos incapaces de afrontar este año, se añade la pena infinita de saber que no se les ha querido. Eso es lo que me mata de verdad.
Pero para evitar soltar una sola lágrima me repito una y otra vez a mí misma:
“Entrégate a MÍ y no mires los frutos”… Así sea.

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